Hoy decidí por fin que llegaba el momento, casi tres meses después, de deshacer mi mochila. Empecé recogiendo la riñonera: pasaporte, carteras, dinero extra. Lo intenté con el neceser, pero es lo que más me cuesta montar así que lo dejé. Además empezaba a encogerseme el pecho y a aflorar la tristeza. Me fui a la mochila grande y al llegar a los calcetines pensé que en realidad tengo suficientes calcetines como para poder prescindir de dos pares y suficiente ropa y suficiente de todo. Así que volví a meter todo aquello que había sacado e hice hueco en el armario para meter la mochila tal cual, sin estrenar, km cero de sueños, km cero de esperanza.
Hace algo más de tres meses decidí recoger mis partes rotas para construir con ellas un sueño, mi sueño, un viaje hacia tantos destinos que no había ninguno fijo, salvo el de la paz de mi alma. Se me cerraron las puertas, el universo así lo quiso y así fue como peleando por abrirlas acepté, por fin, que pueden elegirse los sueños pero no su momento y que pueden pelearse las ilusiones pero la realidad es que no somos dueños de absolutamente nada. El nanobicho lo demostró una vez más.
Sin embargo, hoy sí pude elegir. Elegí guardar mi impoluta mochila de km 0 lista para zarpar; elegí estar preparada para cuando llegue el momento, porque aprendí que el universo es capaz de hacernos esperar, pero será mejor que estemos preparados para cuando te abra la puerta, por lo que pueda pasar.
Así que, mientras tanto, elegiré estar siempre preparada, cada día, para cada cosa que pueda suceder y eso implica aceptar que no somos más que invitados a una fiesta y en esa fiesta la incertidumbre será siempre el invitado principal.