viernes, 24 de abril de 2020

45 primaveras

O 46, porque nací en primavera. ¿Cuenta la primera si es a medias? Nací un 24 de Abril o eso me han dicho. Yo no me acuerdo, la verdad, estaría ocupada con algo. 

Dicen que los recuerdos son un 80 % construidos y un 20 % verdad, o algo así. Así, por ejemplo, sé que cuando tenía un año me pusieron un vestido de flamenca blanco que volvió color albero (eso debe ser construido porque es imposible que me acuerde). Pero sí recuerdo el vestido blanco de comunión teñido de verde de la barandilla con la que jugábamos a resbalarnos el día de mi comunión. Un rato de diversión seguido del momumental cabreo de mi madre...

Los años pasan, la piel envejece, se mancha, se destiñe, se arruga. El alma también envejece, a ratos también se arruga, a ratos se plancha de calma, esa que sólo puede darte la experiencia y la sapiencia de haber transitado tantos dolores ya. Aquel 18 cumpleaños rodeado de amigos, la fiesta perfecta para la mayoría de edad. Los 30 con amigas en un espectáculo de "boys", defendiendo la adultez y la soltería, ya que entonces tenía claro que nunca me casaría; los 35 en Oporto!, con una felicitación en portugués, los 38 una feria en casa, los 39 un cumpleaños vegano, los 40 de vuelta a casa, rodeada de la familia y de los mejores amigos, de esas personas que son con las que justo quieres estar. No estuvieron todos los que son, pero si fueron todos los que estuvieron. 

Y hoy los 45, en casita, no encerrada, porque no pueden segarse las alas de una mariposa, si acaso atárselas, si acaso mojárselas para que tenga que volver a secarlas antes de volar de nuevo.

Y, desde muchos puntos de la geografía mundial, muchas almas bonitas se acuerdan y me lo hacen llegar, con corazones, con abrazos virtuales, con cantos en alemán o en inglés, con audios, vídeos, videollamadas, fotos o mensajes. Es bonito que se acuerden, aunque sea una vez al año, como en navidad. Ser consciente que la vida pasa y a veces pasa y ha cambiado mucho y otras no ha cambiado nada. 

Y entonces era muy diferente, es cierto. El año pasado fue muy diferente y alguna vez quizá fue igual que hoy, a solas, o tampoco, porque hoy está Aasha. Ella no canta cumpleaños feliz ni sopla velas ni come tarta, pero cada mañana me recibe como si todos los días fueran la primera vez que me ve. Así debería ser siempre con las personas, así deberíamos ser. Disfrutar la compañía sin olvidarnos que es un regalo, que la costumbre no se convierta en apatía, que sigamos diciendo: GRACIAS, por querer que este día y todos sea feliz y por querer compartirlo conmigo. 

Cabalgata de fotos, mensajes, recuerdos y personas extraviadas que no perdidas. Benditos días de reflexión y amor incondicional, ese que sabe que todo hay que hacerlo siempre desde el corazón y que sólo desde ahí estará siempre bien.

miércoles, 22 de abril de 2020

Como es arriba es abajo

En los silencios que se suceden desde hace ya casi dos meses, responde al sonido de los pájaros las sirenas de policía o ambulancias. La polaridad de la vida. 

Una primavera pasada por nubes, el confort de estar en casa y las enormes ganas de estar en cualquier otro lugar. El ser humano no se conforma nunca. Sí, pero... 

En estos días mi mantra es: "Sólo existe el momento presente". Después de aceptar que planificar no es más que construir sueños que pueden o no cumplirse, mi mochila sigue sin deshacer, esperando tiempos diferentes. No me despierto viendo los amaneceres que esperaba, pero cada día las montañas de Los Alcornocales me dan los buenos días mientras el sol va calentando cada uno de sus rincones. Y eso nunca lo había disfrutado. Un café en taza termo, un amanecer que va llenando de luz una ciudad a muchos ratos sombría y sobria, un silencio maravilloso que sólo es posible cuando estás en casa, en la de dentro, en esa donde los miedos saben que no tienen nada que hacer y las ilusiones se siguen construyendo a pesar de bichos, nubes y emociones alteradas.

jueves, 16 de abril de 2020

Llueve sobre mojado

Y también hay días de nubes, momentos de esos en los que no hay vía para calmar el ánimo y todo está gris, como el cielo de esta primavera. Y el reto entonces es aprender a aceptar esos momentos como parte del proceso, de la vida, porque lo es y asumir que todo pasa, las nubes, el sol y la primavera cediéndose al verano. Y asumir también que hay emociones que no dependen de estaciones, que algunos ánimos están y estarán ahí independientemente de nanobichos y nublados.

Leía por ahí que puede ser que estos días extrañemos a gente que normalmente no. Personas de las que te acuerdas porque tienes más tiempo para pensar. He revisado mi memoria: no. No hay gente nueva ni vieja que asomen a mi pensamiento. Echo de menos a la misma gente de siempre, sólo que más, porque ahora no están en mi rutina. Y me acuerdo de la misma gente todos los días y sigo preguntando "¿cómo estás?" lo mismo de siempre, puede que a ratos sí un poco más, como si esperando que su "estoy bien" me haga sentir a mi un poco mejor. 

Y luego están esas otras, aquellas que ya no están en tu vida por alguna razón y entonces te acuerdas y te preguntas qué te dirían en estos momentos o qué pensarían acerca de todo esto. Y entonces permites a tu pensamiento que divague un rato rondando esas almas que dejaron de estar y les deseas lo mejor, donde quiera que se encuentren, porque un día formaron parte de ti y la vida, o el libre albedrío, decidió que ya no.

Una inspiración profunda, una mirada al cielo gris, una llamada en voz bajita al sol para que se asome a calentar tu ánimo y un seguir adelante, porque no queda otra, porque por mucho que nos empeñemos seguir es la única opción.

lunes, 13 de abril de 2020

Abundancia. El valor de lo que sí

Hoy en una conferencia el ponente nos invitaba a abrir los ojos ante la abundancia que nos rodea. Sugería salir a pasear y observarlo en cada detalle. El vídeo estaba grabado antes de la situación en la que estamos inmersos, con lo que la invitación se hacía difícil de aceptar. 

Sin embargo hoy me tocaba compra, así que allá me fui, a escuchar un rato las divagaciones de Antonio sobre el comercio local y los aplausos en los balcones. Se disculpaba porque apenas tenía de nada, tras los días de Semana Santa no había dando tiempo a que llegara la mercancía. Miré los cestos: la tienda estaba repleta. 

Me volvió a la memoria aquel mercadillo de Ndiawara en Senegal, donde con un poco de suerte conseguías una berenjena entera o una zanahoria y media de más. No importaba si tenías dinero o no, simplemente no llegaba nada, así que no había qué comprar. Agradecí la suerte que tenemos por tener esa abundancia de todo y en lo poco que la valoramos y entonces paré mis pensamientos de nuevo. 

El ponente de la conferencia hablaba de abundancia por doquier, abundancia de abundancia o abundancia de escasez. Así que sumergida en mi nuevo propósito de ser positiva y desterrar la queja me dije: está bien, puede que en Ndiawara tuvieran abundancia de escasez de alimentos, de comodidades, de luz o de agua corriente, pero eran tremendamente ricos en otras cosas. Había abundancia de niños corriendo por todas partes, abundancia de risas, de bailes, de buen humor, de positivismo, de aceptación. Abundancia de música, de silencio, de estrellas, de naturaleza, de sencillez, de simplicidad. Abundancia de colores, de comunidad, de ayuda, de cooperación, de dicha. 

Es posible que no tengamos siempre de todo, pero siempre tenemos mucho de muchas cosas y hay dos posibles posturas que podemos tomar: centrarnos en aquello que escasea o reconocer la cantidad de cosas de las que sí podemos disfrutar. Y eso vale para todo, para la vida, para el amor y para la cesta de la compra. 

Espero que disfrutes de estos días de abundancia de tiempo para la reflexión. Para mí están siendo un regalo, un ungüento con el que sanar heridas y un intensivo sobre resiliencia y superación. No hay como centrarse en lo que sí para decidir, definitivamente, que lo que no, realmente no importa. 

Los buenos tiempos no volverán porque nunca se fueron, siguen aquí, ocultos tras las cortinas de los miedos y las incertidumbres. Sólo hay que abrir las ventanas y dejar paso. Como escribió Leonard Cohen: "Hay una grieta en todo; sólo así entra la luz".


jueves, 9 de abril de 2020

Reflexiones de un otoño tardío

Nos creemos dueños de nuestro tiempo. A veces, incluso osamos creernos dueños de nuestra vida. Cuán iluso es el ser humano. Aquí estamos, camino del medio siglo, rememorando los ideales de hace 20 años, 30, 10. Todo es igual, aunque todo haya cambiado. 

Cuando sea mayor seré... cuando consiga esto podré... cuando llegue tal día o tal momento entonces... Y entonces lo que ocurre ya no depende de ti, porque la vida también juega a las cartas contigo y, asumámoslo, ella tiene más experiencia, siempre va a ganar. Así que sí, en nuestra visualización infantil una nueva Madame Curie descubría nuevos isótopos radiactivos o cualquier otra locura química que explica el porqué el cambio de la energía permite un cambio de forma. La adolescencia nos lleva a viajar por el mundo y la edad adulta quizás trae pensamientos más mundanos: una familia, una casa en la playa, risas y seres queridos. 

Y en todos esos momentos felices de nuestras mentes no contamos con que los planes son sólo eso y la materialización de ellos no depende exclusivamente de ti, ni siquiera tener un billete de avión te asegura que podrás volar, ni siquiera tener tres. Y nos empeñamos en contar los días hacia delante o hacia atrás ausentándonos una y otra vez del momento presente, ese que es el único que importa y del único que podemos hacernos cargo. Ese, resulta que sí lo dejamos en manos de una vida que, casualmente, en este momento, se ocupa justo de otra cosa. 

Y empezamos a bajar nuestras expectativas, dejamos de soñar con un premio Nobel, dejamos de creer que hay algo de trascendente en el camino de cada uno y acabamos encerrados en un lugar al que nunca habíamos planeado ir. Decepción lo llaman... 

Pero hay algo, algo dentro, que no te deja resignarte, que no te permite aceptar una realidad en la que no crees, algo que te dice que no importa realmente que nunca consigas descubrir un nuevo isótopo radiactivo, que no consigas visitar todos esos sitios a los que quisiste ir, incluso que esa imagen mental de la casa en la playa no se hará realidad. No importa demasiado. Al final de la vida prefiero haber acumulado sueños frustrados que no haberme permitido soñar nunca. 

En mi mente resuenan a menudo las palabras de aquella señora con tinte de peluquería y bata blanca que me hacía reír mientras intentaba convencerme de que no todos podíamos ser Marie Curie y los que no íbamos a serlo teníamos que conformarnos con una vida mediocre. Hay pocas palabras que me resulten tan malsonantes como esa. Salí de aquella consulta teniendo claro que no volvería. También tengo claro que no me darán el premio Nobel, pero no hace falta tener una casa en la playa para amanecer junto al mar, basta una furgo o un coche o un saco de dormir o incluso nada, sólo las ganas, la pasión por vivir y la ilusión por construir momentos. Eso es lo único que nunca podrá quitarnos nadie, ni siquiera la vida, aunque nos encierre en casa, aunque nuble el cielo, aunque traiga llovizna en primavera y nos haga creer que nunca llegaremos. 

Los sueños están hechos de intención y esa es única y exclusivamente nuestra. Y los caminos cortados son nuevas oportunidades para cambiar la dirección y descubrir otros lugares que quizás antes no habíamos contemplado. 

domingo, 5 de abril de 2020

Primaveras robadas

Es como si el sol supiera que nos han robado la primavera. Se oculta tras el abrigo de nubes arropándose de este invierno tardío, una estación desubicada que no termina de florecer. 

El caso es que no es la primera vez que se nos entierra una primavera, tampoco será la última. Quizás es diferente porque esta vez está enterrándose para todos, en ese lugar adonde van los recuerdos que quieren olvidarse, pero que son para siempre. ¿Quién se lleva tantas primaveras? ¿Dónde quedan almacenadas las experiencias que no se tuvieron, las vivencias que no se experimentaron, los olvidos que no sucedieron? ¿Quién consigue olvidar de verdad las primaveras que quiso borrar y que quedan tatuadas en el alma? 

Durante toda mi vida he querido aprender a vivir menos emocionalmente, para  bajar la intensidad del dolor y hacer que la montaña rusa de mis experiencias fuera más equilibrada. Hoy me pregunto: ¿para qué? ¿Acaso conseguimos olvidar alguna vez el dolor? Nadie olvidará nunca esta primavera de 2020 que no sucedió, incluso aunque no se haya permitido tampoco vivir su invierno, su verano o su otoño. 

Miraba hace un rato al horizonte cenizo, el viento frío se paseaba por mi rostro y me susurraba y, por primera vez en muchos muchos años, mis pensamientos me decían que quizás no estaba equivocada, que la VIDA con mayúsculas era la única opción posible para vivir, que lo demás era pasar de puntillas, que AMAR a lo grande, REIR a lo grande, DISFRUTAR a lo grande era la única manera de no llegar a una primavera robada en la que arrepentirte de no haberlo dado todo. Porque, cuando todo esto pase, nadie olvidará que le fue arrebatada la primavera, pero muchos dejarán de recordar los buenos propósitos de los días que no fueron. La rutina volverá a apoderarse de los miedos, de las incertidumbres, de los atardeceres y soltaremos las manos, los amores, las sonrisas, como si pudieran recuperarse en cualquier otro momento. Habrá quién se olvide de cuánto se propuso hacer ahora que no puede hacer nada. 

Sin embargo, también habrá quien despierte, quien se de cuenta por fin que VIVIR es algo más que levantarse cada día a contar los días que faltan para la próxima vez. Entre ellos seguiré, espero, apostando por los vuelcos al alma,  por esos encuentros, esos momentos, esas experiencias que hacen que días como hoy tengan respuesta, aunque a veces me sienta injustamente atrapada en el diluvio que Dios mandó a Noe, por no haber encontrado un sólo hombre justo. 

El universo sabrá por qué hace las cosas. Yo seguiré buscando la razón de por qué las hago yo.



sábado, 4 de abril de 2020

21 días

Dicen que un nuevo hábito puede crearse en 21 días. Yo digo que depende... 

Hace años veía como un mural en la pared de mi casa se llenaba de cruces rojas. El objetivo era llegar a 100. Tras varios intentos, lo conseguí. Nunca es para siempre, nada lo es. 

No se porqué el ser humano se empeña en contar los días, nunca nos ha servido de nada. Vivimos esclavos de las fechas y el tiempo, del pasado, del futuro, de los acontecimientos. El fin de semana, la Semana Santa o el verano. Puede que sea cierto que tengamos que marcarnos un objetivo, pero ¿por qué ese empeño acérrimo por ponernos plazo tras plazo? 

Ya son 21 días, la mitad de nada, porque no sabemos el final. Mi mente juega conmigo y me da otros 21 para conseguir algo, se olvida que ya son 20 años, o 6 o 50 días o 6. 

Nos mentimos cada día y lo peor es que nos creemos nuestras propias mentiras: todo irá mejor después, todo cambiará, algo será diferente. Pero no es así. Volveremos a lo de siempre. Se nos olvidará el dolor, la tristeza y la espesura de muchos días y cometeremos los mismos errores: no hacer las cosas a tiempo, no decir las cosas a tiempo, no haber empezado a tiempo, no haber valorado a tiempo. Tan condicionados por el tiempo que nos boicoteamos a nosotros mismos. Estamos condenados a repetir los ciclos una y otra vez. El universo está diseñado de esa manera, no es casualidad que giremos cada día y cada año sobre un mismo eje, no es casualidad que se repitan las mismas oportunidades. La vida es generosa, nos da una y otra vez la opción de elegir y una y otra vez tomamos la decisión equivocada. El día de la marmota, una y otra vez. 

100 días... 

Hay algo que sí resulta esperanzador: las imágenes de un mundo sin el ser humano, la vida animal recuperando su espacio, los cielos descontaminándose, los mares regenerándose, la raza humana prisionera en sus propias casas, sintiéndonos enjaulados, con la de veces que hemos llamado a los zoológicos hogar para la vida salvaje, sin opción de elegir. 

Tengo que confesar algo: no pierdo la fe, nunca lo he hecho. A pesar de ver, vivir y sentir que las cosas no cambian, algo dentro de mi me hace creer cada día en un mundo mejor. Puede que sea por aquel mural de cruces rojas que me devolvió la esperanza en mí, puede que haber salido tantas veces de un callejón oscuro me haya capacitado para creer que volver a la luz siempre es posible. 

No es cierto que los trenes pasen una sola vez. El universo es tan generoso que nos da la oportunidad tantas veces como podamos volver empezar a contar: 1 semana, 21 días, 100... 

Volver a empezar, otra vez, tantas como la vida nos deje, tantas como murales seamos capaces de colgar, tantas como amaneceres se nos pongan por delante. Atravesar la vida de frente, con la cabeza bien alta, haciéndolo siempre de la mejor manera, con todo el corazón, con la certeza de saber que siempre es el mejor momento, porque no hay otro mejor que este para levantarse, sacudirse el polvo y seguir adelante. 


jueves, 2 de abril de 2020

Una de momentos felices

Érase una vez un trayecto infernal de tres horas de bus por una carretera pedregosa, seguidos de treinta minutos de caminata con mochila a cuestas, cinco de ferry y otros treinta o cuarenta más en moto. El destino: una cabaña algo destartalada sobre la arena de una playa solitaria. 

Un paseo por la orilla del mar, un sol y sombra del que arranca un chaparrón monzónico, un baño salado que acaba en resguardo bajo un árbol. 

Un hombre y una mujer contemplando como las gotas acumuladas en las hojas se derraman en hilos de agua sobre sus cuerpos. Se abrazan para que el calor les seque la piel, para que la lluvia los abrace a ambos. Se ríen de cómo hace un rato el sol les quemaba. Felicidad...