Nos creemos dueños de nuestro tiempo. A veces, incluso osamos creernos dueños de nuestra vida. Cuán iluso es el ser humano. Aquí estamos, camino del medio siglo, rememorando los ideales de hace 20 años, 30, 10. Todo es igual, aunque todo haya cambiado.
Cuando sea mayor seré... cuando consiga esto podré... cuando llegue tal día o tal momento entonces... Y entonces lo que ocurre ya no depende de ti, porque la vida también juega a las cartas contigo y, asumámoslo, ella tiene más experiencia, siempre va a ganar. Así que sí, en nuestra visualización infantil una nueva Madame Curie descubría nuevos isótopos radiactivos o cualquier otra locura química que explica el porqué el cambio de la energía permite un cambio de forma. La adolescencia nos lleva a viajar por el mundo y la edad adulta quizás trae pensamientos más mundanos: una familia, una casa en la playa, risas y seres queridos.
Y en todos esos momentos felices de nuestras mentes no contamos con que los planes son sólo eso y la materialización de ellos no depende exclusivamente de ti, ni siquiera tener un billete de avión te asegura que podrás volar, ni siquiera tener tres. Y nos empeñamos en contar los días hacia delante o hacia atrás ausentándonos una y otra vez del momento presente, ese que es el único que importa y del único que podemos hacernos cargo. Ese, resulta que sí lo dejamos en manos de una vida que, casualmente, en este momento, se ocupa justo de otra cosa.
Y empezamos a bajar nuestras expectativas, dejamos de soñar con un premio Nobel, dejamos de creer que hay algo de trascendente en el camino de cada uno y acabamos encerrados en un lugar al que nunca habíamos planeado ir. Decepción lo llaman...
Pero hay algo, algo dentro, que no te deja resignarte, que no te permite aceptar una realidad en la que no crees, algo que te dice que no importa realmente que nunca consigas descubrir un nuevo isótopo radiactivo, que no consigas visitar todos esos sitios a los que quisiste ir, incluso que esa imagen mental de la casa en la playa no se hará realidad. No importa demasiado. Al final de la vida prefiero haber acumulado sueños frustrados que no haberme permitido soñar nunca.
En mi mente resuenan a menudo las palabras de aquella señora con tinte de peluquería y bata blanca que me hacía reír mientras intentaba convencerme de que no todos podíamos ser Marie Curie y los que no íbamos a serlo teníamos que conformarnos con una vida mediocre. Hay pocas palabras que me resulten tan malsonantes como esa. Salí de aquella consulta teniendo claro que no volvería. También tengo claro que no me darán el premio Nobel, pero no hace falta tener una casa en la playa para amanecer junto al mar, basta una furgo o un coche o un saco de dormir o incluso nada, sólo las ganas, la pasión por vivir y la ilusión por construir momentos. Eso es lo único que nunca podrá quitarnos nadie, ni siquiera la vida, aunque nos encierre en casa, aunque nuble el cielo, aunque traiga llovizna en primavera y nos haga creer que nunca llegaremos.
Los sueños están hechos de intención y esa es única y exclusivamente nuestra. Y los caminos cortados son nuevas oportunidades para cambiar la dirección y descubrir otros lugares que quizás antes no habíamos contemplado.
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