lunes, 30 de marzo de 2020

72 primaveras

Feliz cumpleaños, allá donde estés...

Hace unos días alguien me dijo que me alegrara de que no estuvieras viviendo esto... Me pareció tremendamente cruel. ¿De verdad tengo que pensar que es preferible que hayas faltado durante los últimos 20 años para que no tuvieras que vivir un mundo en cuarentena? Es curioso que siempre lo diga alguien que tiene a sus padres viejecitos consigo. Y una mierda!

Hoy prefiero enfadarme que entristecerme, enfadarme con un mundo que se autodenomina solidario y tira bombas de humo a unos ancianos enfermos para que no traigan la peste; que sale a aplaudir al balcón, pero no te da los buenos días en la calle. Estoy enfadada, enfadada con un mundo que te dice que no te mires el ombligo cuando no deja de mirarse el suyo toda la puta vida. ¿Acaso los muertos importan ahora más que antes? ¿Acaso importa más porque es alguien que ha muerto en un hospital del primer mundo en lugar de en la calle del tercero? ¿Acaso hemos mirado alguna vez a nuestro alrededor si no es para ver que el otro está peor o mejor o no está? 

Estoy asqueada de tanta hipocresía, de tanto dedo demandante, de tanta inhumanidad. Hoy México cierra fronteras a los americanos, hoy India echa a los europeos, hoy África cierra sus fronteras a los blancos y ¿nos escandalizamos? 

Que se vayan a la mierda todos. Todos los que dicen que los políticos tienen que arreglarlo todo y arramplan con el papel higiénico que encuentran a su paso. Todos los que dicen que deje de ocuparme de mi para ocuparme de un gigante invisible sobre el que nadie tiene control alguno. 

Por mi parte, seguiré haciendo lo de siempre, que es cuidar el espacio que controlo, que es el mío, que es el único en el que quizás puedo influir en algo. Y me ocuparé antes de mi porque es la única forma de poder cuidar al de al lado. Y, además, seguiré echándote de menos, cada día y cada año, pasen 20 o 50 y seguiré deseando que te hubieras quedado más tiempo porque juntas todo hubiera sido diferente y porque me da la gana. Porque sí, porque es mi ombligo y es ese el que a mi me duele. Punto.

domingo, 29 de marzo de 2020

Dos semanas, la revelación

Hoy me di cuenta que el ritmo de mi alma es más rápido que el tuyo. Hoy por fin me di cuenta que no se puede forzar a nadie a aprender con tu experiencia. Hoy me di cuenta que la valentía también entiende de etiquetas y que se puede ser muy valiente para escalar el Everest, pero temblar ante la idea de nadar en el mar. Hoy por fin supe que, a veces, es mejor aprender por separado antes de estar juntos, que los momentos se calibran al instante y que lo que ayer quizás fue un buen momento, hoy puede que no lo sea tanto. Hoy me di cuenta que la vida te da y la vida te quita en función de como sepas manejar tu realidad y te pone a prueba para ver si sabes, te da una oportunidad, dos y hasta más, cuando cree que quizás ya estás preparado para que demuestres que de verdad lo estás. 

No le fallas a la vida, tampoco a ti mismo, no fallas a un destino que está siempre por escribir. Una vez más, aprendes, emprendes, empiezas otra vez y lo intentas y te caes y te levantas y vuelves a intentarlo y te equivocas de la misma forma o mejor si es de forma diferente. Tú lo has dado todo. Pusiste lo mejor que tenías en ese momento y, en ese momento, no fue suficiente. Puede que otro día lo hubiera sido pero ahora, ahora no lo fue. 

Y no te rindes, nunca lo haces, quizás lo pospones para seguir preparándote entre medias, quizás te alejas un poco para verlo desde otra perspectiva, quizás trabajas en ponerte en forma para poder sostener mejor la próxima embestida. Quizás sólo te paras, para recuperar el aliento y seguir adelante. Y así, hasta siempre. 

Porque aprendiste también a ser Fénix y ya va en tu ADN. Porque un día decidiste vivir a través de todo, en lugar de por encima y apostar por esa vida que hace saltar al alma. Ese día tomaste una decisión de la que no hay vuelta atrás: decidiste coger la pastillita roja y, eso, ya lo dijo Morfeo, es sólo un camino de ida. 

martes, 24 de marzo de 2020

Reflexiones día D

Hace unos días decidí que me pondría a dieta de noticias. Lo justo para que no me detuvieran por sacar a mi perra y nada más. El panorama, si uno se deja llevar por las noticias, es más que desolador: la curva, el material sanitario, los parados, los números, los números, los números... 
Y si hablan de personas es para apelar al sentimiento de compasión más absurdo: el que nace de la impotencia y tras la impotencia no puede esconderse nada que ayude. 

Hoy las noticias se han colado por las rendijas de mi guarida, han burlado la guardia y han entrado, arrollando a su paso y dejándome desarmada. He acudido a mis Dioses: mis libros, mis piedras, mis velas, mi incienso, para conseguir aplacar la devastación.  A duras penas lo he conseguido. 

Así que he decidido que mi dieta se convertirá en ayuno y, si me para la policía, pues ya lo resolveremos, pero dejarme llevar por el miedo y la locura colectiva a mi no me funciona. Ni a mi, ni a nadie. Nos paraliza, nos anula la creatividad, la voluntad, la determinación y la positividad y esos son las cualidades de las que ahora deberíamos empacharnos. 

Porque mi pensamiento al respecto de todo esto sigue siendo el mismo: Algo muy profundo cambiará en lo más hondo del alma de muuuchas personas y con eso habremos de quedarnos.

Porque cuando podamos salir, que acabaremos saliendo, no será en tropel, será con una mirada abierta, precavidos, temerosos, expectantes, como el que ve por primera vez el mar o la nieve. Se nos abrirán los sentidos y miraremos al otro, al de enfrente, al de al lado y puede que hasta consigamos ser cardumen en lugar en enjambre. Y caminaremos con la consciencia del que se sabe que ha transitado por algo más grande, tan grande que no pudimos verlo y, aun así, conseguimos dejarlo atrás. 

Yo de esta me llevo el hoy, el dejar para siempre atrás la preocupación por lo que fue y por lo que será. Porque ahora es el único momento en que hacer algo es posible, en el que vivir y disfrutar es posible, porque es sólo hoy, el momento presente, el único responsable de honrar nuestro pasado y el único lugar donde plantar la simiente del futuro. 

Dejé en 2019 los miedos por el pasado y hoy, ahora, desde aquí, entierro todos aquellos temores por el futuro. Ese señor no existe. Ese señor soy yo en otro momento que aún no ha sido creado. Papel en blanco, magia de la buena por escribir. Toda la ilusión y todo el corazón cosido con hilo doble y puntadas pequeñas, de las que me enseñó a dar mi madre, para que esos remiendos aguanten más, decía, que la prenda nueva. 

Así quedan cosidos los corazones, remendados, reforzados y dispuestos a entregarse una y otra y otra vez. No hay nada, absolutamente nada mejor que hacer en la vida que entregarse y vivir desde ahí. 

domingo, 22 de marzo de 2020

El sonido de la cuarentena

Es el silencio el único que aplaude la salida del Sol cada día. Las mañanas despiertan replegadas. Las mentes y los corazones van despertando y lo hacen adormecidos, entregándose sin querer a la reflexión de un día más, de un día menos, de que todo esto será por algo y lo peor (y lo mejor) está por llegar. 

A lo lejos se oyen sirenas que, por aquí, todavía pasan sólo de vez en cuando y que así siga siendo. Es el sonido de una cuarentena: sirenas y silencio. Silencio en los balcones hasta que el vecino DJ saca el altavoz en las horas previas al aplauso colectivo, ese que dicen que nos ha Unido, ese en el que aún seguimos volcando nuestra necesidad de encuentro social, silencio en las aceras que apenas se interrumpe con un saludo a media voz. ¿Por qué hemos dejado de saludarnos por la calle? ¿Acaso también nos han prohibido hablar? 

Hoy he bajado a sacar a Aasha y me he vuelto a meter en el pijama y en la cama. Hoy voy a sumarme a todo aquel que reposa para seguir aquí, conmigo, en ese lugar donde aún se construyen sueños y, con un poquito de ganas y práctica, quizás hasta puedan construirse a nuestro antojo. Soñaremos desde aquí con volver a vernos, a abrazarnos, a bebernos el sudor del amor como nunca, como siempre, como un día olvidamos. 

Algún día nada volverá a ser como antes. Y puede que ese día busquemos voluntariamente aquel silencio para que no se nos vuelva a olvidar apreciar un abrazo. 

sábado, 21 de marzo de 2020

Las cosas pequeñitas

   Me gustan los cafés de fin de semana. Puedes dedicar tiempo a prepararlo justo como te gusta: largo, cremoso, especiado. Son esos pequeños placeres que de lunes  a viernes apenas pueden disfrutarse y se reservan para el fin de semana. ¿Qué pasaría si en lugar de estar siempre reservando esos pequeños placeres pudiéramos hacer de ellos nuestro día a día? ¿De verdad dejaríamos de apreciarlos? ¿Acaso no sería posible que tuviéramos buen café cada día y el fin de semana buscáramos algo que lo hiciera más magnífico todavía? Quizás un pan recién hecho, quizás unos gofres caseros, quizás un desayuno en la cama.

   Gaia ha hablado, no cabe ninguna duda. Ha ido susurrando despacito, de Este a Oeste, en la dirección del Sol, invitándonos a ir más despacio, ralentizando nuestro movimiento hasta no ha quedado más remedio que parar y guardar silencio. 

   Todavía se oyen a todas horas los altavoces en las comunidades vecinales invitándonos al ruido, pero eso también pasará. Cuando no queden bandas sonoras, ni series que ver, ni memes que mandar,  por fin pararemos y entonces los que no puedan mirar hacia dentro, que miren, por favor, al cielo. Como dicen por ahí, la respuesta está escrita en las estrellas. Busquémosla. 


viernes, 20 de marzo de 2020

Un paseo al interior

Las mañanas son, con diferencia, los momentos más tristes. Durante la noche habitamos en el universo paralelo de los sueños. Allí todo, absolutamente todo, es posible, salvo que, como a Cenicienta, el toque de queda del despertador nos devuelve a la realidad. ¿Acaso nos están devolviendo a Matrix dentro de Matrix..? Demasiada locura para que sea real. Demasiada realidad para que sea mentira. 

A lo que iba, con el sonido del despertador, para los que aun seguimos con rutina laboral en casa, nos vuelven de golpe todas las realidades de nuestro presente y en el repaso mental de la jornada pasada y futura se descubren nuestras necesidades, nuestras ausencias y se hacen más presentes que nunca las emociones. Cabalgan todas ellas en tropel hacia dentro y hacia fuera, ni siquiera como una estampida animal, que normalmente es organizada, si no, más bien, como la locura desproporcionada de quien creyó tenerlo todo bajo control y resultó que no. 

Hoy es el día 6, pero será la primera y última vez que los cuente. A partir de aquí sólo importa el momento, el día de hoy. Cuando se pueda se podrá y mientras no se pueda nos adaptaremos. Hoy los abrazos serán propios, hoy nos elegiremos, nos quedaremos con nosotras, apostaremos por vivir con la intensidad de que no sabemos qué pasará mañana porque esa es, de hecho, nuestra realidad, hoy y siempre. 

Y, un día, quizás, la tierra no tendrá que volver a reajustarse. Los tsunamis dejarán de suceder porque por fin entendimos que apostar y quedarse es la única manera de seguir adelante y será imborrable el recuerdo de lo que un día no tuvimos y no hará falta volver a perderlo para darnos cuenta de cuánto, cuantísimo valía. 

martes, 17 de marzo de 2020

Y, en medio de la tempestad, calma...

El silencio se apodera de los espacios, nos cruzamos con las personas dejando dos metros de distancia, apenas levantando la mirada. Damos los buenos días con la mirada casi en el suelo, por si acaso mi aliento pudiera dañar al otro, por si acaso el suyo pudiera dañarme a mi. Y si le miro me pregunto si lo lleva encima, si el nanobicho también lo ocupó a él o quizás me ocupó a mi y aún no lo se. 

Me hago consciente de la cantidad de veces al día que nos tocamos la cara, los ojos; de cuantos pomos, puertas y picaportes son necesarios para salir de casa. Utilizamos el codo, las llaves, las mangas de la sudadera y nos lavamos las manos al irnos, al volver y una vez más por si acaso me olvidé. 

El país huye de la realidad por medio de la broma, necesita distraerse, pero quizás a veces hay que sentarse, mirar hacia dentro y preguntarnos dónde estamos, qué hicimos o qué podremos hacer para que no vuelva a pasar. 

Esta bien buscar opciones para entretenerse, pero en medio de una sociedad donde nunca encontramos el momento de estar a solas con nosotros, puede que vaya siendo hora de silenciar el móvil, apagar el televisor, cerrar los ojos y preguntarnos qué puede ser eso tan horrible que creemos llevar dentro y que no somos capaces de pararnos a mirar. 

domingo, 8 de marzo de 2020

Y, en medio de la tempestad, más tormenta

   Alguien me dijo hace poco que los marrones no vienen solos. ¡Cuánta razón tenía!  Seguramente es esa misma energía de que algo no está bien la que no deja de atraer piedras al camino. 

   La vida es lo que pasa mientras planeas tu viajeterapia. Y lo que pasa es que hay un bicho nanoscópico que ha puesto en jaque al mundo y amenaza mi idea de que todo va a ser tan "fácil" como subir a un avión y poner tierra, mar y aire de por medio. 

   No pierdo la esperanza. En momentos de desespero la fe es lo único que nos queda para seguir adelante, para confiar en que lo conseguiremos y todo acabará siendo un camino más de aprendizaje. Mientras tanto, el nanoscópico bicho que no me preocupaba lo más mínimo está empezando a ocupar la mayor parte de mis pensamientos. No quiero darle tregua. Sigo adelante, diciéndole al universo qué es lo que quiero pero teniendo claro que, la final, tendrá que ser lo que quiera él. Contra eso, sí que no puedo hacer nada... 

sábado, 7 de marzo de 2020

El momento de cambiar el rumbo

   Dicen que después de la negación, la tristeza y todas esas demás fases de un duelo llega la aceptación.


   Aceptar es dejar de buscar entre los escombros de la playa, dejar de pellizcarnos pretendiendo salir de la pesadilla, dejar de mirar al horizonte esperando una nueva ola que lo devuelva todo a su sitio. 

    Aceptar es recoger muestras cosas, lo poco que haya podido salvarse y entonces si, mirar de nuevo a lo lejos para sentir qué destino emprender. 
Y oteando ese horizonte nació este viaje. Un dolor hecho esperanza, un sueño hecho terapia, un giro de vida que mis pies necesitan caminar de nuevo para buscarse, tan allí, tan a lo lejos como el alma permita, con la esperanza de que la vida está fuera de esa zona cómoda pero aséptica donde nada parece doler pero todo escuece. 

" Coger las rosas mientras podáis, 
veloz el tiempo pasa, 
la misma flor que hoy admiráis
mañana estará muerta" 
Robert Herrick. El club de los poetas muertos.


  Vayamos a por rosas pues, antes de que el verano las seque y el invierno las condene para siempre a la oscuridad. 


viernes, 6 de marzo de 2020

El día después

   Que no quiere decir que haya pasado un día sólo. A veces habrán sido dos, dos semanas, un mes, depende de cada uno, de cuánto seamos capaces de mantener los brazos asidos al árbol al que nos subimos cuando llegó la gran ola. Hay quien es capaz de vivir para siempre en ese árbol, hay quien no es capaz de sostenerse y cae sin control, dejándose llevar por la corriente y permitiendo que lo arrastre hasta el fondo. ¿Quién puede juzgar cómo es mejor? Algunos corazones lloran más que otros y algunos brazos no tienen ganas de luchar.

   Pues ese día de después, cuando aun contemplas desolado el paisaje desde lo alto, mantienes en tus manos el corazón llorante y tu desconcierto por el vacío de tu pecho, el agua empieza a retroceder, a volver a la cuenca marina a la que pertenece. A su paso se llevará consigo muchos enseres destrozados, ocultos, que no lograste ver, de los que no pudiste despedirte. Otros quedarán en el suelo, inertes, devastados, irreconocibles y quizás, sólo quizás, alguna pequeña cosita se salvó, de esas que guardas bajo siete llaves en el más profundo tunel subterráneo de lo que fue tu hogar. 

   Y es quizás entonces cuando decides que es hora de bajar del árbol, colocas tu corazón llorante en tu pecho, que aún con él sigue vacío, utilizas tus últimas fuerzas para bajarte del árbol y desciendes a dar sepultura a lo que un día fue tu vida. Paseas entre la devastación, entierras a los muertos, sonríes con aquello que consiguió salvarse y lloras, lloras en silencio por el adiós, por todo lo perdido, por todo aquello que ya no podrá construirse con lo devastado. Sabes que llegará el día en que tengas que recogerlo todo y volver a empezar, pero ahora mismo sólo quieres honrar a tus recuerdos, enterrar a las víctimas y dejar que tu llanto riegue el dolor que aun sientes en el pecho, a ver si poco a poco consigues ir llenando ese vacío que se te quedo dentro. 




jueves, 5 de marzo de 2020

Tsunami

   Dícese de un gran desplazamiento de agua generado por algún tipo de explosión subacuática. El origen es tan profundo que es difícil saber cuándo va a producirse o si lo hará. 

   Dicen que el mar retrocede varios kilómetros, los animales huyen para ponerse a salvo, los humanos miramos atónitos y allá, a lo lejos, se vislumbra la gran masa de agua, acercándose. A veces no podemos creer que esto nos pase, vemos lo que nos rodea y nos hacemos conscientes de que todo ello quedará devastado tras el paso de la ola. Intentamos reaccionar, huimos a lo lejos, a lo alto, recogemos nuestras más valiosas pertenencias para asegurarnos de, al menos, poder salvar algo. 

   Entonces llega, lo inunda todo, lo arrasa todo, avanza ocultando a cada instante las pertenencias que un día creímos nuestras, aunque nunca lo fueran, destruyen hogares, vidas, recuerdos. Y nosotros, en la cima de algún lugar, contemplamos el paisaje como si viéramos una película. Hemos conseguido mantener a salvo a nuestro corazón, lo habíamos agarrado fuerte fuerte y habíamos empezado a correr ladera arriba y con él, encaramados al árbol más alto, contemplamos la devastación que ha provocado la gigantesca ola. Esperamos a que termine de llegar, que lo cubra todo, que el agua se mezcle con ramas de árboles, maderas y escombros. Entonces la gran masa salada empieza a calmarse, ha finalizado su avance y toma posesión de su espacio, ocultándolo todo, como si nunca hubiera existido. 

   Y nosotros, desde el árbol, sentimos que algo palpita fuerte en nuestras manos. Nuestro corazón nos mira, con lágrimas en los ojos y la punzada vacía del pecho nos recuerda que todo eso que quedó enterrado era hasta hace unos instantes nuestro hogar. Y es entonces, cuando, ya parado el movimiento, te das cuenta, que todo eso que quedó oculto bajo el agua era la vida que tenías. Y en el árbol estás sólo tú, con un corazón que llora entre tus manos y una punzada de vacío en el pecho que nadie te dijo que podía doler tanto.