Las mañanas son, con diferencia, los momentos más tristes. Durante la noche habitamos en el universo paralelo de los sueños. Allí todo, absolutamente todo, es posible, salvo que, como a Cenicienta, el toque de queda del despertador nos devuelve a la realidad. ¿Acaso nos están devolviendo a Matrix dentro de Matrix..? Demasiada locura para que sea real. Demasiada realidad para que sea mentira.
A lo que iba, con el sonido del despertador, para los que aun seguimos con rutina laboral en casa, nos vuelven de golpe todas las realidades de nuestro presente y en el repaso mental de la jornada pasada y futura se descubren nuestras necesidades, nuestras ausencias y se hacen más presentes que nunca las emociones. Cabalgan todas ellas en tropel hacia dentro y hacia fuera, ni siquiera como una estampida animal, que normalmente es organizada, si no, más bien, como la locura desproporcionada de quien creyó tenerlo todo bajo control y resultó que no.
Hoy es el día 6, pero será la primera y última vez que los cuente. A partir de aquí sólo importa el momento, el día de hoy. Cuando se pueda se podrá y mientras no se pueda nos adaptaremos. Hoy los abrazos serán propios, hoy nos elegiremos, nos quedaremos con nosotras, apostaremos por vivir con la intensidad de que no sabemos qué pasará mañana porque esa es, de hecho, nuestra realidad, hoy y siempre.
Y, un día, quizás, la tierra no tendrá que volver a reajustarse. Los tsunamis dejarán de suceder porque por fin entendimos que apostar y quedarse es la única manera de seguir adelante y será imborrable el recuerdo de lo que un día no tuvimos y no hará falta volver a perderlo para darnos cuenta de cuánto, cuantísimo valía.
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