Creo que con cada viaje me vuelvo un poco más intolerante a ciertas cosas, y, a la vez, más compasiva. Más intolerante hacia la incomprensión, la opresión, la privación de libertad, la falta de empatía. El hotel de Hurghada está lleno de rusos, igual que el barco.
Mi primera tendencia fue decir: "vaya con los rusos", hasta que alguien me recordó esta mañana que no es una nacionalidad concreta, todos los pueblos compartimos ciertos defectos que la raza humana trae en genes:
Comer como si mañana empezaran 10 años de hambruna, beber como si el mundo fuera a acabarse, comportarse como elefantes en una cristalería. No se si va con las vacaciones, con la cultura social o con el poder de la manada. El caso es que eso es lo que hay en mi hotel y en el barco de buceo en el que me encuentro: un montón de blanquitos que ni siquiera vemos al que nos tiende la mano para subir o el que nos ofrece el almuerzo.
En fin, aumenta mi intolerancia hacia ciertas cosas, aumenta también mi compasión hacia otras. Me quedo disfrutando de este momento, de la maravilla que nos mece: ese mar que es igual para todos, a todos da, a nadie quita. Solo se deja ser, calma en el fondo, ondulando con el viento su superficie. Y así siempre y desde siempre.
Besos salados desde un rinconcito del Mar Rojo. Tocando a su fin esta aventurita post pandémica.