Esta mañana mi despertador sonó a las 3:15, a las 3:30 salíamos para el paseo en globo sobre el valle de los Reyes. A las 5:30 aun no habíamos salido. Una ligera brisa lo impedía. Por fin, a eso de las 6, el sonido del fuego calentando el aire de unos 6 u 8 globos a la vez me erizó la piel. Minutos después, sobrevolabamos los templos de Luxor y el valle del Nilo y ahí fue, ese momento. Bajo mis pies un país lleno de historia, grandes tesoros saqueados y mucha, mucha pobreza; frente a mi la maravilla de paisaje que nos regalaba la mañana y en mi corazón, un profundo sentimiento de agradecimiento por permitirme vivirlo. La dicha de sentirme afortunada y la compasión que merece cualquier pueblo, el que sea, por su dolor.
Me quedo el resto de lo que sentí porque es mío y es lo que me llevaré adonde quiera que sea que vaya.
Algunas horas después el guía nos mostraba las estatuillas de alabastro echando una mano a los vendedores ambulantes. Quiero repetir su frase, para que no se me olvide: “Déjalos buscarse la vida, mujer. Esta gente lleva un año y medio sin comer" Y entonces volvió, la humildad, el sentimiento de fortuna, la compasión y el zasca en toda la cara que necesitamos de vez en cuando y que sólo llega cuando te alejas, cuando te paras, cuando miras sin juicio y comprendes, que lo más importante no es lo que ves, si no, efectivamente, el cristal a través del cual lo miras. Y sabes que volverás a perderte, porque vuelven las noticias, Internet y las redes sociales, pero también sabes que siempre puedes retornar. Sólo necesitas tomar la decisión de alejarte una vez más y perderte del todo para conseguir encontrarte y así... cada vez.
Con esa emoción partimos a Hurghada, la etapa relax y disfrutona del viaje, que también toca.
Besos mil, bañados por ese desierto infinito que ya hace cuatro horas que se ve desde la ventana del bus.
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