Mientras esperaba en cubierta que zarpáramos disfrutando mi café he experimentado, de verdad, la dicha del momento presente. Contemplaba un barco de pescadores recogiendo las redes a compás, un chico dirigiendo una zodiac con sus manos a la espalda, la brisa marina suavizando el calor del invierno Tailandés...
El segundo barco de pescadores que ha pasado llevaba sus redes recogidas. Uno de los chicos del barco nos ha saludado efusivamente y ha lanzado un grito al viento que ni Di Caprio en Titanic. Con su grito se me han activado todos los sentidos que el jet lag no ha dejado descansar y me ha emocionado, de verdad. Me he sentido como aquella vez que volaba desde Tenerife y me di cuenta que cada uno de nosotros era un conjunto de átomos, igual que las nubes (paranoias de químicos y "las 9 revelaciones...", da para otro post...)
El momento no ha podido ser más perfecto: un café americano, que en Tailandia viene a ser como un doble (o triple) espresso, un cubito de piña con sal y chile, un barco sobre el mar de Andamán, las playas de Phuket como escenario, cielo despejado, temperatura de primavera. Firmo por sentir esto un instante al día el resto de mi vida. Creo que hay quien lo llama felicidad.
Los guiris de cubierta se lo están pasando pipa, el mar los está empapando y ríen desatados. Creo que sienten lo mismo que yo: no hay momento más perfecto que ahora y ahora y ahora y así... para siempre.
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