viernes, 6 de marzo de 2020

El día después

   Que no quiere decir que haya pasado un día sólo. A veces habrán sido dos, dos semanas, un mes, depende de cada uno, de cuánto seamos capaces de mantener los brazos asidos al árbol al que nos subimos cuando llegó la gran ola. Hay quien es capaz de vivir para siempre en ese árbol, hay quien no es capaz de sostenerse y cae sin control, dejándose llevar por la corriente y permitiendo que lo arrastre hasta el fondo. ¿Quién puede juzgar cómo es mejor? Algunos corazones lloran más que otros y algunos brazos no tienen ganas de luchar.

   Pues ese día de después, cuando aun contemplas desolado el paisaje desde lo alto, mantienes en tus manos el corazón llorante y tu desconcierto por el vacío de tu pecho, el agua empieza a retroceder, a volver a la cuenca marina a la que pertenece. A su paso se llevará consigo muchos enseres destrozados, ocultos, que no lograste ver, de los que no pudiste despedirte. Otros quedarán en el suelo, inertes, devastados, irreconocibles y quizás, sólo quizás, alguna pequeña cosita se salvó, de esas que guardas bajo siete llaves en el más profundo tunel subterráneo de lo que fue tu hogar. 

   Y es quizás entonces cuando decides que es hora de bajar del árbol, colocas tu corazón llorante en tu pecho, que aún con él sigue vacío, utilizas tus últimas fuerzas para bajarte del árbol y desciendes a dar sepultura a lo que un día fue tu vida. Paseas entre la devastación, entierras a los muertos, sonríes con aquello que consiguió salvarse y lloras, lloras en silencio por el adiós, por todo lo perdido, por todo aquello que ya no podrá construirse con lo devastado. Sabes que llegará el día en que tengas que recogerlo todo y volver a empezar, pero ahora mismo sólo quieres honrar a tus recuerdos, enterrar a las víctimas y dejar que tu llanto riegue el dolor que aun sientes en el pecho, a ver si poco a poco consigues ir llenando ese vacío que se te quedo dentro. 




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