Con el paso de los días, la experiencia en Ndiawara toma forma mágica. Apenas hace unos días que volvimos y se antoja tan lejano como la rutina que vivíamos allí:
Las tardes de siesta y té, los amaneceres tempranos, las noches de río, música y risas.
Me traigo mucho más de lo que dejé, como siempre. Los momentos menos buenos son como los tropiezos de un niño que empieza a andar: necesarios y enriquecedores. Recuerdo especialmente mis momentos baño: 3 litros de agua de felicidad absoluta. El único momento de soledad al día que casi me hacía añorar el séquito de críos: ¿cómo ti yamas?
En Ndiawara la vida es compartida, un saludo toma un par de minutos y es obligado a cada paso, porque el día no se concibe sin compartir: la comida, las risas, el té... No se comparten abrazos ni besos, pero mi condición de occidental me permitió hacer eso también.
Respetar sin dejar de ser uno. Observar sin juzgar, aprender sin menospreciar, apreciar cada uno de los minutos de un día, porque no sirve hacer planes, ni tener prisa, ni intentar enseñar, sino querer aprender. Observar y sólo vivir al día, porque puede que mañana haya viento o llueva o no haya zanahorias en el mercado y se tenga que improvisar la comida. La fruta como regalo de la naturaleza y compartir con los demás la mejor nutrición posible.
Gracias Ndiawara por haberme permitido compartir esta experiencia. De vuestra tierra salió una mujer distinta a la que llegó, más feliz, más serena, mejor 😊
No hay comentarios:
Publicar un comentario