lunes, 21 de febrero de 2022

Mozambique experience. Septiembre 2017

En este viaje tenía pocas ganas de escribir, más bien ninguna. Quería disfrutar sin pensar, sin mirar más allá, pero al final, tras las vivencias, las emociones aparecen. Es inevitable o lo es para mi, al menos. 

Todo empezó algo cuesta arriba. Viajar no siempre es fácil y por África a veces realmente duro. Las horas en el aeropuerto de Jedaah ya se hicieron pesadas. El paso de la frontera y la llegada a Maputo fue largo y las 8 horas de chapa más las 2 de espera hasta Tofo interminables. Hoy vamos hacia Vilanculos en un bus que tiene hasta pantallita, aire acondicionado y espacio para poner los pies, así que supongo que estoy más relajada. Eso o que acabas adaptándote al ritmo del sitio donde estás y todo resulta más fácil así. Ya lo he sentido otras veces: el ser humano tiene una capacidad de adaptación increíble. Desde dormir en el suelo hasta viajar 10 horas apretujados en una chapa o días en un cayuco sin agua... 

En África no puedes reflexionar mucho porque te da el bajón. Discutes por 20 meticais que son apenas 25 céntimos y regateas pagar la mochila cuando sabes que ese dinero forma parte importante del sueldo de quién te lo pide... A veces te enfadas y otras te sientes miserable.

Y ¿qué haces con todas esas emociones? Las metes en el paquete del viaje y dejas que te llenen sin inundarte, dejas que calen sin rebosarte, porque es la única manera de aprender y hacerse fuerte: vivir, integrar y seguir.

Hemos pasado unos días de buceo fantásticos. Ha habido de todo, desde un estupendo sol hasta la tormenta perfecta y buceo de combate. Me quedo con el sonido de las ballenas en cada inmersión y verlas saltar inmensas a unos metros de la diminuta zodiac. Esa experiencia te hace sentir realmente pequeño. No hay fotos en directo, pero mi retina no se ha perdido ni un instante del espectáculo y quedará para siempre en mi recuerdo. 

Sí, me gusta Mozambique. África hace que todo lo que consideramos importante deje de serlo, que no importe la hora ni la distancia. Consigue que lo único que prevalezca sobre todas las cosas sea el momento presente. 

No se cuándo podré mandar este correo. La wifi, cuando la hay, va a pedales y tampoco importa mucho. Hoy me di cuenta que ya hemos pasado el ecuador de la experiencia y eso sí me ha sorprendido. Aquí el tiempo no se mide en días, ni en horarios. Los buses salen cuando se llenan y la comida te la sirven cuando está hecha, a veces una hora, otras, hasta dos. Nos han dicho que el bus a Vilanculos son 3 horas, pero igual son 5. No nos importa mucho, estamos de vacaciones. Lo sorprendente es que a ellos tampoco les importa. ¿Aprendemos?

Besos desde algún rinconcito de África,
Vir


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